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11.9.16

Ébano y uvas

Mi bisabuela era esclava.
Como a los otros negros, le tocaba trabajar en el viñedo del amo, o en la casa, según la época del año. Pero ella, muy pícara, juntaba las uvas en la cesta y, en vez de llevarlas al gran barril donde las pisarían para hacer vino, las vaciaba en un lugar del campo y allí se acostaba para esperar a su negro. Ahí él se encargaba de exprimir los jugos de las uvas... y los de ella.




Un día el amo descubrió la jugarreta y se enfureció. A su negro lo mandaron lejos, a otros campos, y ella se convirtió en uno de los postres favoritos del amo. No era raro que él la poseyera sobre una mesa que había colocado en el mismo campo, como para lavar la afrenta ahí, en el terreno.



De esas uniones, primero forzadas y luego por placer, ya hace muchos años. Cuando yo nací, hacía u siglo que la sangre africana se había mezclado a la familia del amo y a la tradición de los viñedos.

































Brindemos por eso.
Cuando vengas al agua, por favor, trae un buen merlot.

8.5.15

Despertar


Agradecemos a Luciana Roma por esta hermosa colaboración. 
Tanto el texto como la foto son de su obra.


Él siempre despierta con su falo excitado, semi erecto, como preparado a los placeres carnales desde la primera luz de la aurora. Incluso si la noche anterior nos enfrascamos en interminables sesiones sexuales, orgasmo tras orgasmo una y otra vez, sin descanso, él siempre despierta así, como si nada fuese suficiente.

Pero bueno, somos jóvenes, vigorosos y hermosos jóvenes, así que, ¿por qué no aprovechar que podemos dar aún más? Oh, siempre más. Más. Más... Alguna vez oí —¿o acaso lo leí?— que alguien dijo que el amor se muere después de la cena, y por eso hay que revivirlo antes del desayuno.





























Mi hombre parece estar listo nuevamente, así que lo invitaré
a devorarme dulcemente antes de invitarle un café.

31.10.14

La cantante de jazz



Que cantaba muy bien. Eso fue lo que me dijo Héctor para describirme figurativamente sus habilidades con el micrófono. Y allí la tenía, de rodillas frente a mí, con la mitad de mi carne en su garganta, hurgándole la piel del paladar y placenteramente rozando mi glande alternativamente entre sus labios. Verdaderamente cantaba bien...




Nunca he creído en el destino. Eso de que las cosas están escritas en un librito o en los astros me parece una pendejada enorme, pero a veces algunas cosas lo ponen a uno a pensar mejor, o por lo menos un poco más, en las convicciones propias.















Las cosas empezaron una tarde que estaba en el Millenium, ese mall de forma horrorosa que vendió hasta la disposición de las sillas de la feria para formar el logo de un refresco. Sin embargo, estaba allí en uno de los restaurantes que más me gustaba visitar, junto con mi mujer. Nuestra mesa era al aire libre y se separaba del pasillo por una barrera metálica a medio cuerpo, que permitía una visión perfecta de todo lo que se moviese por allí. Para ella, culos masculinos, paquetes, abdominales, pectorales, rostros, bíceps. Para mí culos femeninos, piernas infinitas, cinturas, caderas, tetas, ojos... y así fue que me enganché con Laila.


Venía hacia mí una muchacha de unos 20 a 23 años, con una sonrisa limpia, genuina, de esas que no quedan muchas (sonrisas, no muchachas); y unos ojos achinados, como de gata en celo, del mismo color que la miel que cubría mi ensalada. Piel blanquísima y cabello pelirrojo, obviamente entintado. Rellenita y de baja estatura, era como un durazno llamándome a morder. A su lado iba un joven no menos grueso, de estatura media y de nariz prominente. Era Héctor, pero claro, aún no lo conocía. Los vi pasar y le comenté a mi compañera lo fantástico que sería inventar algo con esa pareja tan joven. Nosotros les llevábamos no menos de 10 años a ellos.






























































El episodio no pasó de allí, y casi lo había olvidado, hasta que un día me encontré en las redes de ligue swinger con el perfil de una pareja que buscaba intercambios. Les escribí y el sonido típico del chat me dejó saber que había respuesta. Al cabo de unos minutos decidimos intercambiar fotos y casi se me cae la quijada al comprobar quiénes eran. Efectivamente se trataba de Héctor y Laila, y querían matar las ganas esa misma noche. No vacilé y los invité al apartamento a que pasaran un rato.


Johanna, que así se llama mi compañera, ya estaba lista para dormir porque al día siguiente la esperaba una dura labor desde muy temprano, así que me encomendó mucho que no hiciéramos demasiado ruido y que luego le contara cómo me había ido.


Mientras los invitados llegaban tuve oportunidad de verificar cada detalle de mi higiene; quería dar la mejor impresión posible a ambos. Además, como no tenía vino, saqué la infaltable de ron añejo, y le pedí a los chicos que trajesen cola negra. Limón había en casa.


Cuando llegaron, estaban muy encendidos... aparte de un poco bebidos, también estaban excitados. Se notaba que se habían estado toqueteando en el carro durante el corto viaje. En el ascensor, él no dejaba de meterle mano y de una vez me invitó a incorporarme, pero yo preferí llevar las cosas con más calma. Prefiero degustar lentamente que llenarme de sopetón.


Entramos a casa y nos sentamos en el sofá. Yo había colocado un disco de jazz y había sido cuidadoso de dejar encendidas sólo las luces de piso, así que nos acompañaba una iluminación cálida y una trompeta o una guitarra aparecían de vez en vez para amenizar la conversa, que fue corta. Nos habíamos presentado en el ascensor, y no quedaba mucho más por averiguar.


Cuando me disponía a entregarle los vasos de cuba libre a la pareja, Laila decidió dejar caer hacia el brazo uno de los tirantes de la blusa que usaba, con lo que su seno blanco, con el erguido pezón rosado, era tan tentador como un helado de fresa al mediodía. Sin perder tiempo, Héctor le cogió la teta expuesta y yo me acerqué para lamer la punta delicada. Cuando la probé un rato, succionando, lamiendo y calentando la piel, sin previo aviso le pasé un hielo por la nuca, y soltó un grito leve, y sonreída se sacó la blusa con la excusa de mostrarme cómo se le había erizado toda la espalda. Y los pezones ahora lucían erguidos, rígidos, erectos.

































Yo estaba muy cómodo, con un pantalón ligero, camiseta sin mangas y cero ropa interior. Había cogido unas sandalias para buscar a los muchachos en la planta baja, y ahora mi erección hinchaba notablemente el tiro del pantalón. Pero mi excitación no podía compararse con la de Héctor, que -quizás por ser su primera vez en una situación de sexo grupal-, no sólo tenía una erección sino que se había desenfundado los jeans y su líquido pre seminal atravesaba la tela de los boxers.

Ver cómo me gozaba a su hembra le había disparado las hormonas y las ganas a un nivel estratosférico. Estaba dispuesto a penetrarla, sin más, pero yo, que también estaba como un cañón, le dije... espera, los manjares se comen lentamente para disfrutar cada bocado. Y esto era un bocatto di cardinale.


Incorporándome, le ofrecí la mano a Laila. La puse de pie y desvestí a nuestra gata en celo íntegramente, mientras él veía embobado desde el sofa el infame acto de que otro macho desnudase a su mujer. ¡Infame pero jodidamente excitante! Una vez desnuda, la recorrí con mis manos, gozando de sus respingos, reacciones y gemidos. Cuando llegué a su vientre, con un vello corto y bellamente cuidado, pude comprobar que no sólo nosotros estábamos muy excitados, sino que ella chorreaba líquidos por la cara interna de sus muslos.


Esa fue la señal para que Héctor se pajease sin rubor alguno, mientras que yo me acercaba a la boca de Laila. Pero ella no quiso besarme... en la boca. Se arrodilló sobre la ropa que le acababa de quitar y se tragó mi glande en medio segundo. Era tremendamente buena lamiendo y chupando. Una mamadora natural.


Aunque sus manos no tenían mucha experiencia y apretaba un poco más de la cuenta, su boca parecía hecha a la tarea desde que nació. Ensalivaba de arriba a abajo, regaba la saliva hasta las bolas, y se empujaba el pene todo lo adentro que podía. La cantidad de saliva con la que babeaba mi ariete era tal que deslizaba en hilos gruesos hacia el piso. Mientras yo buscaba algún lugar de dónde agarrarme para que no me flaquearan las piernas, Héctor deliraba de placer, y se había sacado toda la ropa.

Él aprovechó la situación de Laila para acercarse, y llevó una de las manos de ella a su propio pene. Parece escena de película porno de bajo presupuesto, pero esas cosas pasan a veces. Nuestra mamadora estaba de rodillas, frente a dos hombres desnudos (yo todavía usaba mi camiseta) y mientras chupaba mi huevo como si fuese el único en el planeta, con su mano derecha pajeaba a Héctor, dejando la izquierda firmemente agarrada a mi cuerpo, para mantener el equilibro.










































De ahí en adelante, el universo era de colores y los límites parecían haberse borrado. Nuestras manos volaron por los pechos durísimos de Laila y ella respondía chupando alternativamente a Héctor y a mí, que cómplices, estábamos perfectamente alineados para la comodidad de ella, como en una coreografía que nunca habíamos ensayado.


El placer puede prolongarse mucho en esta circunstancia si hay buen control. Pero precisamente, como ya los compañeros habían bebido algo, y él es más joven que yo, estaba llegando rápidamente al punto de no retorno. Al notarlo, Laila le hizo una jugada maestra: rodeó reborde del glande de él con su lengua, y lo miró con una picardía tan tremenda que el pobre muchacho explotó en un chorro de leche. Su orgasmo y eyaculación fueron un grito y un traspiés. Perdió el equilibrio y al apoyarse sobre la mesilla, hizo caer uno de los tres vasos, aún con bastante ron.
































































Lamentablemente, esa situación debía ser atendida para evitar que nadie resultase herido. Me dispuse a recoger los vidrios, aún con la erección bastante firme. Fue entonces que salió Johanna de su encierro, a ver qué estaba pasando.


Desde la puerta del cuarto, a la que se asomó con una bata transparente, abierta al centro y sin ropa interior, hizo una rápida inspección de la situación, y con su habilidad de bruja para saber cómo iban las cosas, nos dijo: “Laila, Alejo, vengan al cuarto, quiero jugar en esta fiesta. -y siguió, mirando con picardía a Héctor-, tú si quieres, descansa en el sofá, y cuando estés listo pasas”...



Lo que hicimos Johanna y yo con Laila es otra historia. Un día se las contaré.  

17.8.09

Regalo de año nuevo

Gracias a quienes siguen este blog. Este 16 de agosto acaba de cumplir 3 años de existencia, y para celebrarlo, publico un relato erótico en homenaje al primer post, que también fue un cuento.
La playa estaba a 200 metros de la piscina, era la noche de año nuevo y pasaba unas pequeñas vacaciones en Adícora, un pueblo venezolano del estado Falcón. Es una zona de mucha brisa porque el caribe parece haber depositado allí todo su poder. Además la temperatura es muy agradable para el turismo, así que mis tíos, mis padres y yo, que entonces tenía 16, decidimos pasar dos semanas en un buen hotel de la zona para recibir el año entrante.


Desde nuestra llegada había disfrutado de la hermosa voz de Alicia, que cantaba con un pequeño grupo todas las noches en el club del hotel. A pesar de ser menor de edad, me dejaban entrar porque el ambiente familiar era absolutamente sano. Debo acotar que soy músico. Desde los 8 años empecé a estudiar guitarra y por eso me llamó tanto la atención la actividad profesional. Creí que era una buena oportunidad para aprender algo acerca de ese mundo.
Con Alicia había cruzado palabras en algunas ocasiones y era evidente que le caía muy bien. Siempre teníamos tema de conversación; si no era la técnica vocal, se trataba de la guitarra, o se las relaciones entre Moscú y Washington (je, mis 16 fueron en época de guerra fría), o lo que sea. Ella aparte de su excelente voz, podía presumir de un cuerpo cuidadosamente conservado y que a sus 32 años no revelaba más de 24. Era blanca, de cabellos negrísimos, con ojos color miel, de forma avellanada, típica de los indígenas venezolanos. En pocas palabras, se trataba de una bella mezcla de las etnias que en América se mezclaron como los ingredientes de un plato digno del mejor paladar.
Esa noche, tras las hallacas (nuestro plato navideño tradicional), las uvas, el champagne, los abrazos de años nuevo, los deseos y propósitos, yo decidí que me daría un paseo por la piscina (alberca), así que a la 1:30 de la madrugada del 1° de enero, un muchacho entraba solitario a bañarse y nadar un poco. En realidad me hubiese gustado ir al mar, pero el acceso a la playa estaba cerrado. Nunca me ha gustado usar shorts para bañarme en la playa o en piscinas, por lo que usaba traje de baño.


Como a los 15 minutos de nadar, un poco cansado, me acerqué a la orilla y reparé en que Alicia discutía con el tecladista del grupo a escasos 10 metros de mí. Aparentemente tenían una diferencia con respecto a la repartición del dinero recibido, así que pretendí ignorar su presencia. Pronto el hombre se alejó en dirección a los camerinos (o eso supuse yo) y Alicia me llamó.
-Javier... ¿puedes venir un momento?
Le conteste afirmativamente con la cabeza desde el agua y nadé hacia la orilla mientras ella se descalzaba e introducía sus pies en el agua. Me senté a su lado y me dijo
-Oye, este Juan es un muérgano; hasta ayer la plata se repartía a partes iguales entre los cuatro músicos y yo, pero a los dueños les gustó mucho nuestro trabajo y decidieron darnos un bono. ¡Y el muy coño ‘e madre dice que le toca todo a él porque fue quien cerró el contrato!
Yo intenté desembarazarme del asunto: -pero, Alicia, yo no entiendo nada de eso...
-¿Cómo que no? ¡Si tú eres más inteligente que esos pendejos juntos!
-Gracias...
-Yo sé lo que te sucede: es que no te quieres inmiscuir en nuestros asuntos... –y continuó, sin dejarme hablar- y me parece muy bien de tu parte; lo más probable es que mañana resolvamos todo, porque Joseíto, Fernando y Julián no se van a calar que éste los estafe...
Yo la miraba con sus pies metidos en el agua y recién capté que estaba solo en una piscina con una mujer terriblemente hermosa; sin embargo, no creí posible que llegase a pasar algo. A mis 16 aún era virgen y no tenía idea de cómo seducirla. Más aún, al lado de ella me sentía mucho más niño, porque ella duplicaba mi edad.
-¿Y no me dices nada? – casi me gritó...
Mi mente regresó del limbo en que se encontraba y le dije que no me agradaba la idea de intervenir en eso.
-¿Intervenir en qué? Te estoy preguntando que qué haces aquí a esta hora...
-¡Ah, ah!, disculpa, es que me distraje..., esteee... estaba aburrido y me gusta mucho el agua, así que me vine a nadar hace rato
-Sí, ya noté que estabas distraído: me estabas viendo los pies y te quedaste en otro mundo.
-Uh, ehh, sí –le contesté aterrado, pensé que iba a regañarme o algo así-, lo siento
-No lo sientas, es perfectamente normal, tienes 16 años y tus hormonas no te dejan en paz...
En ese momento se puso de pie y yo temí que me abandonase allí, pero sólo por un momento, porque vi con sorpresa que estaba quitándose la blusa. Creí que estaba delirando. Alicia me dijo que se iba a bañar un rato, que tenía frío y sabía que el agua de la piscina era calentada. Además, siempre estuvo trabajando y no pudo disfrutar del club. El contrato había terminado, de modo que al día siguiente volvía a Valencia, su ciudad de residencia.
La iluminación era tenue y sin embargo la recuerdo claramente. El cabello caía sobre sus hombros y la brisa lo movía con fuerza hacia atrás. Ingenuamente pensé que tendría su traje de baño debajo de la ropa, pero pronto noté que tenía un brassiere blanco, de encajes, y aunque mi mente afiebrada lo pensó, que se transparentaría completamente y podría ver sus senos y pezones a la perfección, guardé un prudente silencio. No quería romper el hechizo.
Bajó su falda dejándome ver sus pantaletas también de encaje y cuyo entramado dejaba ver una zona oscura de la que asomaban pelillos. Notó mi turbación, ya que me dijo:
-¿Te molesta que me bañe así?
-Ehh, ¿qué?... no, no, está bien, somos adultos, ¿no?- dije, bromeando, mientras me percataba de la estupidez que había hecho al meter el tema de la edad...
-Bueno, yo más que tú, pero estoy seguro de que estás a la altura, tus razonamientos y tu lenguaje dejan muy claro que ya eres un hombre en todo lo esencial. Quizá te falte un poco de experiencia, pero eso llegará...
Mientras tanto, Alicia ya había bajado completamente su falda y se había deshecho de zarcillos, pulseras, anillos y demás accesorios. Me deslumbraba tener tan cerca de una mujer tan bella, y tan desnuda como nunca antes había visto. Entró delicadamente al agua por la escalerilla, mientras yo examinaba visualmente su piel. En el blanco de sus hombros estaban estratégicamente ubicados miles de lunares que formaban una pequeña galaxia en negativo. Sus piernas eran torneadas con la precisión de las caminatas matutinas que hacía. Sus nalgas, con hoyuelos, eran firmes y redondas. Su espalda formaba una curva tenue, desde su estrecha cintura hasta sus hombros estrellados.


Las sensaciones visuales habían hecho efecto sobre mí, y agradecí que el agua me llegaba al pecho, porque mi erección había llegado a un punto en que dolía. Sí, dolía, pero divinamente. Cuando entró al agua completamente, sus prendas se hicieron transparentes. Ahí estaba mi sueño erótico: la mujer desnuda, absolutamente deseable, a un metro de mi. ¡Cómo deseaba tomarla!. El problema es que no sabía cómo hacerlo.
Ella se encargó de romper el hielo. Dándose cuenta de que estaba paralizado, fue directo al grano, diciéndome al oído: "Javier, ya sé que te gusto, que te excito, y tú también me excitas; tienes un cuerpo muy bello y el canela de tu piel me encanta"... Yo apenas atiné a decirle que sí, que me encantaba, que me volví loco al verla desnudarse, que me encantaría besa... y no pude terminar, porque ella ya lamía mi boca, enviando electricidad a mi sexo erecto. Sentí que las bolas ascendían y me abracé con fuerza a ella, vencido ya el reparo de que notase mi erección.
Me había decidido a dejarme llevar y ella me llevaba con maestría. Se apoyó en una pared de la piscina, en una zona en donde el agua llegaba a sus hombros y más o menos a mis tetillas y, poniéndome frente a ella, empujó su vientre sobre la cabeza de mi pene, que estaba reventando el traje de baño. Me pidió al oído que liberase sus senos, que el brassiere la estaba matando, me dijo; e inmediatamente mis dos manos corrieron a liberar el ganchillo que tiene detrás la prenda. La dejé al borde y mis manos exploraron su pecho blanquísimo. Sus areolas son pequeñas y rosadas, y noté por su respiración y por su voz ronca que se estaba excitando mucho.

Sus manos también hacían su trabajo y estaban conociendo mi pene, que era sacudido sin piedad por ella, al tiempo que la otra mano se apoderó de una de mis nalgas. Sacó el traje de baño de en medio y recibí una paja subacuática muy intensa.
A pesar de ser virgen, sabía que ella no quedaría conforme si acababa enseguida, así que propuse secarnos y buscar otro lugar. La propuesta fue acogida y en menos de 5 minutos estábamos en la habitación que el hotel reservó para ella y uno de sus compañeros. Ellos se habían quedado a tomar ron en el bar, así que teníamos vía libre.
Se quitó la ropa mojada y bajó mi única prenda, dejándome con las piernas colgando al borde de la cama. Las separó cuidadosamente, mientras su lengua recorría la cara interna de mis muslos. Cuando llegó a las bolas, las trató exquisitamente, chupando y lamiendo alternativamente, mientras su derecha me pajeaba. La mano izquierda acariciaba mi abdomen y en menos de 3 minutos me hizo estallar. La boca buscó ávida mi fuente de vida, limpiándome y creando sensaciones increíbles para mí: jamás pensé que un orgasmo fuese una cosa tan intensa y que fuese posible sentir tan divino justo después de la eyaculación: su lengua, girando sobre el glande supersensible, me obligaba a tensar todo mi cuerpo, era una sensación casi insoportable.

-¿Te das cuenta de que eres todo un hombre? – me dijo, con la picardía brillándole en los ojos.
-Tú me has hecho hombre hoy- respondí, avergonzado y orgulloso a la vez, de gustarle a aquella hembra.
Me miró con asombro: "¿nunca habías...?" "no" "wow, ¡qué emocionante!, esta noche te voy a enseñar de todo"
Y me enseño mucho, pero eso será otra historia.

3.9.06

Nueve días

No nos habíamos visto en... a ver... nueve días.

¡Falso!
Nos vimos ayer, pero no pudimos pasar del beso en la mejilla con el que nos saludamos siempre que están presentes nuestras respectivas parejas. O alguno de los dos. O alguien que nos conozca. Mierda. No nos habíamos tocado en nueve días.
Ella lleva 5 años de tranquilo matrimonio con Israel, un tipo estupendo, y al que sinceramente me da un poco de lástima lo que le estamos haciendo, pero esa es otra parcela de mi vida y no viene a cuento. A mi mujer, Yudith, no le guardo ninguna lástima. Fui el cornudo más cornudo de todos durante la mitad de nuestro noviazgo, y me enteré de todo hace un año, a dos meses de habernos casado. Ella no lo sabe, pero ya adelanto el divorcio.
En fin, que Maricruz y yo nos vimos ayer. Fuimos a una cena de la fundación a la que ambos pertenecemos, en la cual brindamos atención a los niños seropositivos. Cualquiera que tenga una pareja habitual y esté sano sabe que, tras nueve días de dura abstinencia, nadie en su sano juicio se somete a la tortura de acercarse a la pareja sin poder tocarla siquiera. Eso fue lo que nos pasó esa noche. Estaba hermosa, con su cabello por debajo de la media espalda, cubriendo la piel que tantas veces besé desaforadamente, encabritado en el deseo que esa mujer despierta en mí. El vestido dejaba al descubierto su torso hasta el final de su cadera, a un dedo del punto en que nace la hendidura entre sus nalgas, y sin embargo, Israel no parecía notarlo.
Ahí estaba la clave. El matrimonio entre ellos era tranquilo. Demasiado. En cinco años él apenas la habría tocado 20 veces, y una mujer tan hermosa y joven como Maricruz no merece que sus encantos se desperdicien tan absurdamente. Porque Mary –así la llamo en nuestra cama- es una chica encantadora: 27 abriles, morena de cabellos lisos y largos, rostro ovalado, senos desafiantes y firmes, nalgas que enganchan miradas en la calle y unas piernas firmes, resultado de la hora y media que dedica cada mañana al trote.


Tras la cena, tenía una sensación de desasosiego en el cuerpo; el deseo me quemaba por dentro, me inflamaba y me producía una fuerte opresión en toda la zona genital. Algún entendido en el Tao me dice que el exceso de energía Yang me produce esos malestares. Yo creo que sen
cillamente se me alborota el deseo y al no poder despejarme, toda esa excitación deja su hinchazón en mis bolas.
Mary cruzó, mientras me servían una trucha –hay que decirlo, exquisita-, sus dos piernas por debajo de la mesa alrededor de una de las mías. Ese contacto primario, sutil, encantador, fue suficiente para infundir una oleada de sangre en mi pene, que erectó inmediatamente y permaneció adolorido, como pidiendo relajarse, hasta hoy.
Esta mañana Yudith salió temprano, a su oficina, en donde trabaja hasta entrada la tarde. Yo tenía el día libre y me quedé en casa, no sin enviarle un mensaje de texto a Mary para informarle la buena nueva. Llegó en cosa de media hora. Israel estaba en la oficina y ella entraba más tarde. Disponíamos de 3 horas...
Cuando la sentí llegar, mi pulso se disparó en adrenalina, ¿180, 190 pulsaciones por minutos? ¿qué importa? La emoción me dominaba, el temblor de mis manos no me dejaba abrir la puerta pero, gracias a Dios, estaba abierta, así que ella lo hizo. Cuando la tuve entre mis brazos sentí que mi pecho se reventaba, que mi alma no estaba en su lugar, que se salía mi vida por la boca y se me escapaba en el beso que, por fin, lograba darle.

Nuestras lenguas se encontraron en la humedad de su boca, recorriéndose, fundiéndose y encajándose una en la otra. Luego la suya en mi boca hizo estragos con mi paladar... los oídos en zumbido permanente... hacía rato que no era dueño de mis movimientos ni mis sentidos.
En 5 minutos estábamos en la alcoba, aún vestidos pero mojados de sudor; tal fue el calor del primer contacto... la blusa de ella, fina, blanca, transparentaba sus pezones duros, enhiestos, como llamando a ser comidos... y eso hice. No sé donde cayó la tela, y me bebí con ansia el sudor que corría de su cuello y hombros hacia abajo, besando inmisericorde sus senos que, pequeños y firmes, se hallaban turgentes por el trabajo de mi lengua sobre ellos... El aroma a sexo inundaba nuestros espacios.
Camisa y pantalones no duraron mucho en su lugar. Mary me sacó la ropa en segundos, sin tardanza procedió a lamer mi pecho y mi abdomen, que conservo bastante plano a pesar de haber abandonado el gimnasio hace meses... Siguió corriente abajo y entre sus manos liberó de su prisión al causante del bulto en mis boxers. Estaba erecto y pleno, duro, salvaje, henchido yo de placer e hinchado mi pene de urgencias.
Cuando quise sacar la mínima prenda que tenía bajo su falda, caída hacía rato a un lado de la cama, ella no lo permitió, y con un guiño se arrodilló frente a mi, para dedicarse con fruición a lamer mis testículos, sin dejar escapar un milímetro de la delicada piel que los cubre. Yo exudaba líquido pre seminal como una fuente. Eso me mantenía perfectamente lubricado mientras Mary cubría y descubría el glande con su mano izquierda (es zurda), brindándome un mar de sensaciones.
-Te amo, Enrique- soltó entre una lamida y otra, sorprendiéndome y erizando mi piel entera, porque esa palabra había estado proscrita entre nosotros debido a las circunstancias de nuestra relación.
-Yo también te amo, Mary, ya no concibo mi vida sin ti.
Por toda respuesta ella metió el rojo glande en su boca y succionó lentamente todo el tallo, hasta engullir su total extensión, lo que provocó un grito de mi parte, porque el placer que sentía era prácticamente insoportable.
Casi a la fuerza la despegué de mí y la obligué a acostarse en la cama, con las piernas colgando, posición que me permitió devolverle el tratamiento. Me extasié en los aromas que de su cuerpo emanaban, aspirando el aire que la rodeaba y lamiendo lugares precisos de su barriguita, en donde yo sabía que le provocaba unas cosquillas excitantes, que para nada dan risa, sino que calientan enormemente. Y el cuerpo de Mary lo conozco de memoria.
Al llegar a su vulva me abrí paso con la punta de la lengua, de abajo hacia arriba, sorbiendo sus jugos de sabor acre y salado, invocando sensaciones increíbles en ella, que se contorsionaba como una posesa al borde del orgasmo. Pero ella no tenía por qué controlarse, así que, dejándose llevar por mi lengua, estalló en su primer clímax, que abrió para mí las puertas de sus labios menores, en un baño de su elixir vital. Gritó con fuerza que siguiera, que no me detuviera jamás, que por favor mi lengua no la abandonase, que no me separase de ella. Yo la complací y seguí sorbiendo, ungiendo mi boca con el agua bendita de su sexo ardoroso.
Bajé mi boca para lamer el anillo de cobre que limita su otra hendidura. Lo sentí con la punta de mi lengua e intenté penetrarlo, lo que prácticamente la volvió loca. Gemía y repetía: ¡qué rico te siento, papi!, mientras yo la humedecía una y otra vez por su fruncido ano. En minutos sentí que estaba lista para un nuevo orgasmo, pero ahora quería disfrutar su cuerpo con todo mi cuerpo, así que la hice subir en la cama y me alcé sobre ella, apuntando con el ariete su entrada, frotándola dulcemente, sin pausa ni reposo, firme y enhiesto junto a su fisura, haciendo presión sobre la bifurcación que se abre tras el clítoris.
Entonces la penetré por primera vez en nueve días. Su vagina me abrazó como un forro hecho a la medida, flexible y suave, pero suficientemente apretado como para hacerme sentir que el paraíso estaba ahí, entre sus piernas. Aunque ya conocía su gruta, esta vez la sentía mucho más cálida y acogedora. ¿Cómo pudo decirse alguna vez que el sexo era pecaminoso, por amor de Dios?
No podía evitar moverme, de adelante a atrás, mientras sentía que volaba, que el tiempo no existía, que el abrazo en que nos fundíamos podía ser eterno y que nada nunca haría correr el tiempo. Perdidos en nuestro trance extático, nos agitábamos frente a frente, besándonos, amándonos, lamiéndonos sin fin, hasta que sentí que se disolvía y que sus jugos manaban de nuevo alrededor de mi pene, que sintió quemarse en la lava candente que lo rodeaba. Esa sensación de quemadura dulce fue el detonante de un disparo que había estado engatillado desde que nos vimos.
Ella, debajo, gritó a los cuatro vientos su éxtasis, su orgasmo devastador y sublime, que la elevó y a un tiempo la aplastaba contra el suelo en su efecto destructor de la realidad y creador del hechizo enamorado. Yo, arriba, sentí mis oídos trancarse como si me encontrase a metros de profundidad en el mar. Ella, ella es el mar. Yo un pez atrapado en su red, y sobre ella, descargaba mi energía acumulada, mis ansias inmensas de tenerla. Aunque ella me tuviese a mí, aunque perdiese el control y, junto a un gutural gemido de placer, de liberación, gritase, como estaba gritando, mi amor y mi furia de que no fuese sólo mía.
Estabamos exhaustos pero felices. Despertamos cuando Yudith gritó "¡qué coño está pasando aquí!", mientras Israel, casi desnudo y lleno de pintura de labios, aparecía detrás de ella en el umbral del cuarto.

16.8.06

Laura, el amor universitario

Recuerdo que sus ojos eran hermosos. Una especie de aureola amarillenta rodeaba sus pupilas, y de ahí hacia afuera el color decantaba hacia un gris azul que era motivo suficiente para adorarla. Delgada, blanca y rubia, era exactamente el modelo de mujer que había deseado desde pequeño y ahora, a mis 17, estaba allí, ofreciéndome su mano para enlazarse con la mía.
La acababa de conocer en la universidad 15 días atrás y sin que yo supiese muy bien cómo, ya era mi novia. La llamaré Laura. Es mayor que yo por un año y cumplimos en días muy cercanos. A ambos nos rige Escorpio, el signo de la sexualidad. Y en verdad nuestros juegos eran muy fogosos. Aún no habíamos tenido sexo; sólo habían pasado dos semanas, pero las caricias, los besos y nuestra picardía, incluso frente a los demás, predecían inequívocamente nuestras ganas. Estábamos que nos comíamos.


Esa tarde Laura y yo nos habíamos reunido con Dilia, otra compañera de clases, para hacer un trabajo de investigación que estaba bastante adelantado, así que llegamos a la casa de Dilia a eso de la 1:00 p.m. con muy buen humor y dispuestos a pasar una tarde agradable, con mucha paz. Una hora más tarde nuestra amiga se puso una pintura roja en la boca, se maquilló un poco y anunció que saldría de casa porque debía comprar bebidas, así que se fue. Para nuestra sorpresa, cerró la puerta principal con llave y se despidió burlonamente, diciendo: "Disfruten, tienen tres horas para ustedes solitos"...
Laura y yo nos quedamos en shock 2 o 3 minutos, en los que no decidíamos qué hacer. ¿Estaría Dilia gastándonos una broma o esas tres horas eran de verdad? ¿Y si venía la familia? ¿Y si ella regresaba? ¿Y si...?
Tenía su boca a dos centímetros de la mía y veía sus ojos embelesado, con el corazón adolescente latiendo a ritmo de samba, sabiéndome dueño de una oportunidad que no debía desperdiciar y que –estaba claro por su actitud- Laura tampoco pensaba perderse. Se despejaron las dudas y salimos del trance para entrar en un juego exquisito y que hasta hoy, 12 años más tarde, recuerdo como uno de los momentos más increíbles de mi vida.
Su lengua saboreó deliciosamente mi boca. Un cosquilleo ardiente se diseminó desde mi pene hacia la nuca, recorriendo en un escalofrío mi espina dorsal hasta sentir un golpe seco en la base del cráneo; no es posible estar más excitado, así que respondí tomándola por la cintura y atrayéndola rápida pero suavemente hacia mí. Estábamos de pie y cuando la abracé sintió mi erección, poderosa, evidente, típica de esa edad. Eso la encabritó y su beso se hizo invasor, nuestras manos recorrían la piel del otro por debajo de la ropa y allí, por primera vez, sentí sus senos tibios, tras deshacerme del sostén que los aprisionaba.
Saqué su blusa y los lamí tiernamente. Eran pequeños pero muy firmes, con areolas rosadas y una textura celestial. Ella a esta altura ya me había sacado la camisa y acariciaba mi pecho haciendo pequeños pellizcos cerca de las tetillas. Mi excitación crecía a cada instante y sentía cómo todo mi cuerpo se electrizaba con cada roce de Laura.


La falda no duró nada en su lugar. Me quité rápidamente el pantalón y los interiores e inmediatamente después me arrodillé frente a ella. Su vello púbico era castaño claro y formaba una pequeña mata que despedía un olor único, que sólo he sentido en ella. Como llevado por una fuerza superior, deslicé mi rostro por la almohadilla peluda que cubría sus labios vaginales. Podía ver entre ellos una fisura muy rosada y húmeda, que empezaba a apretarse contra mí. Ávida, mi lengua se introdujo entre los labios mayores y hallé un clítoris que sobresalía un poco del conjunto. Lo lamí con poca pericia pero mucho ardor, porque bastante había leído acerca de ese maravilloso órgano femenino.
Sin embargo, yo no aguantaba más. Había un sofá sin brazos en la sala, de modo que me la llevé cargada hasta allá, porque Laura apenas pesaba 47 kilos, y yo 60 o más... la deposité en el sofá e inmediatamente intenté penetrarla, pero Laura era virgen, una extraña sorpresa para mí. Me encajé con fuerza en la entrada de su vagina y comencé a moverme lentamente para que se acostumbrara a la presión de mi pene sobre el himen inmaculado. Ella no sintió dolor o lo disimuló muy bien mientras estuve intentando perforarla pero, apenas logré traspasar la tenue barrera, lanzó un grito terrible. Sin embargo me sostuvo las caderas con las manos y me pidió que me quedara quieto allí adentro. Mientras una lágrima le resbalaba, tuvo aún humor para decirme: "¡si lo sacas ahora te dejo!" y yo obedecí.
Al cabo de unos minutos durante los cuales nos distrajimos gozosamente entre besos y caricias, cara a cara, me pidió que la cabalgase. Entonces sentí la mayor delicia en este mundo: el frote de sus paredes alrededor del pene, estrechándome, abriéndose lentamente para darme paso, resbaladizas y firmes en torno al glande, humedeciendo el tallo y la base alfombrada con mi propio vello.
Me movía sobre Laura y ella ¡estaba gozando!. Por encima de la irritación de su reciente desfloramiento, su cuerpo le enviaba señales de placer y pude ver cómo su cara se torcía hacia atrás, dejando los ojos en blanco y, poco después escuché un segundo grito, tan profundo como el anterior pero sin rastros de dolor. Le llegó un orgasmo con el que casi perdió el sentido. Sus ojos en blanco, la convulsión de su cadera y sus uñas atravesándome casi la espalda fueron un estímulo extra que rompió mi resistencia, sintiendo entonces que debía salir de ella cuanto antes, para no tener que criar niños. Salí violentamente de ella mientras salían chorros de semen desde mis entrañas, e iban a caer sobre el tenso abdomen de mi novia, quien me veía complacida por su gozo y el mío.
Inmediatamente me acurruqué con ella en el sofá y hablamos del amor, de nuestras vidas, de lo hermoso que fue. Hicimos promesas imposibles.
Dilia llegó, efectivamente, a las 5 de la tarde. Nos despertó suavemente, porque habíamos caído en un plácido sueño de pareja. Lo primero que vi fue su rostro maquillado y sus labios muy rojos. Después de la modorra inicial, recordé que estaba desnudo, y, entre excusas, cubriéndome y tratando de cubrir a Laura, buscaba con la vista la ropa, que estaba en la cocina, pero no lo recordaba. Dilia estaba muerta de risa y me dijo que me tranquilizara:
¿saben qué hora es? Hace como media hora que los vi dormidos, y me gustó como se ven ustedes juntos, hacen una linda pareja, ella blanca, tú moreno. Incluso sentí deseo de tocarte pero Laura es mi amiga. –dijo, con un guiño- Así que no te tapes más, ya te vi bastante.
A pesar del discursito, prácticamente corrí hasta la cocina para vestirme cuanto antes. Lo mismo hizo Laura aunque más tranquila. Seguramente ya su amiga la conocía desnuda.
Nos despedimos un poco atolondrados por la situación y nos fuimos por la calle muy felices, eufóricos, riendo a cada cruce, a cada calle, hasta que llegamos a la casa de Laura. Allí nos despedimos con una felicidad superior a cualquiera que recordáramos y finalmente, regresé a casa.
Me procuré una toalla y me desvestí en el baño, para ducharme. Fue entonces cuando noté dos grandes anillos de rojo carmín que rodeaban mi pene.


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